Que se la coman cruda

No es la carne de cortes finos que encontraron en los refrigeradores, tampoco es el supuesto encono contra ella por ser hija de la luchadora social Rosario Ibarra de Piedra, como lo quiere hacer ver el Presidente; bueno, ni siquiera que se asuma ella misma como víctima.

El problema es de origen, de legitimidad. Rosario Piedra Ibarra llegó a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) de manera ilegítima; primero porque, al ser militante y consejera de Morena, no era elegible para ese cargo; segundo, porque fue claramente un capricho presidencial y; tercero, porque fue electa en el Senado a través de una votación en la que, como en los viejos tiempos, se embarazó la urna para que alcanzara los votos necesarios.

A partir de ahí, la señora ha sido una piedra en el camino para las víctimas, porque en este país no puede haber mayores víctimas que su familia y quien la impuso ahí: “el Presidente más atacado de la historia”, y, además, porque para el mandatario, las dependencias federales y hasta los organismos autónomos como la CNDH, son más bien trofeos de reconocimiento que entrega a sus leales y no instituciones al servicio del pueblo.

Era cuestión de tiempo; la brutal indolencia, el desprecio y la falta de empatía de ella y de su jefe político con las verdaderas víctimas de la violencia en este país, tenía que reventar por algún lado.

Por eso, desde el pasado 2 de septiembre, el edificio sede de la CNDH en Cuba 60, en la Ciudad de México, fue tomado simbólicamente, entre otras, por Érika, madre de una niña que fue violada a sus siete años y secundada por colectivos feministas ante la falta de respuesta de la titular, para convertirlo ahora en un refugio de víctimas de la violencia contra las mujeres.

Lo que derramó el vaso fue la “indignación” del Presidente ante la intervención  (ultraje, le llamó) de cuadros de óleos de Madero, Juárez, Morelos e Hidalgo, que por supuesto ni idea tenía que estaban ahí, y no el abuso contra la menor y las otras víctimas, porque para el Presidente importan mucho más los símbolos que la vida de las personas

De hecho los cuadros no fueron intervenidos por las mujeres, sino por la propia menor que fue violada hace tres años y fueron puestos en subasta para la manutención de las víctimas en protesta, aún ante la molestia del autor de las pinturas, que, por el contrario, debería agradecer, porque sin la intervención de la pequeña, sus cuadros no los conocería nadie y no serían hoy objeto del deseo.

Por donde quieran verlo, el gobierno federal se metió en un callejón sin salida, porque limitado por su propio discurso de no represión, ni el Presidente, ni la señora Piedra tienen cómo desalojar el edificio que ya se ha convertido en un bastión de la lucha contra la violencia de género; a menos, claro, que se les ocurra desatar una campaña de desprestigio contra ellas o mandarles un grupo de choque, como el que le mandaron a Enrique Alfaro a Guadalajara.

Por lo pronto, esta vez, se la van a tener que comer cruda.